Un mensaje de alegría

En 1818, coincidiendo con la celebración en Aquisgrán de la segunda conferencia entre las potencias vencedoras de las guerras napoleónicas, Beethoven comienza a componer su novena y última sinfonía por encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres, una petición a cuya solicitud el genio alemán, debido a problemas tanto económicos como personales, venía demorándose desde hacía aproximadamente un año. El contexto histórico y personal en el que se enmarca su creación merece nuestra atención en tanto que puede contribuir a revelar con mayor claridad el mensaje luminoso e imperecedero de una de las obras musicales más célebres de todos los tiempos. Por ello, no deja de ser curioso que su composición coincida con una de las épocas más turbulentas de la historia de Europa moderna y la que fue, probablemente, la etapa más penosa de la vida del compositor renano.

Aquisgrán, donde se renueva el dominio de la Cuádruple Alianza sobre Francia surgido del Congreso de Viena (1815), supone la confirmación del fracaso de Napoleón en su intento de imponer a Europa el leitmotiv de la Revolución francesa, “libertad, igualdad, fraternidad”, a fuerza de las armas. La reacción de las potencias absolutistas (Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia), ha evitado que el modelo de Estado francés se universalice, sometiendo a las naciones europeas al hermanamiento forzoso surgido de la Convención y el Terror. Frente a la lógica sangrienta de la Revolución, que ha llevado los principios de la Ilustración hasta sus últimas y más funestas consecuencias, resurge, con especial fuerza en el país germano, un movimiento político, estético y cultural conocido como Romanticismo, una corriente de pensamiento y sentimiento que se opone al racionalismo imperante y que venía gestándose desde finales del siglo anterior.

Frente a los dictámenes de la Razón universal, idénticos y vinculantes para todos los hombres, el romántico resalta el valor de la emoción, a menudo irracional, y la eleva a las cotas más altas de la expresión artística. El individuo, a través de este movimiento, adquiere plena conciencia de su singularidad y se niega a ceder su autonomía, lo que lo lleva a rechazar los moldes del pensamiento dieciochesco, basados en los postulados de una razón única. En lo político, los movimientos nacionales de inspiración romántica resaltan el valor de la diferencia en oposición a la homogeneidad de valores y derechos que tanto la maquinaria bélica y burocrática de la nación gala como los despotismos ilustrados de la época habían tratado de imponer a Europa. El espíritu del pueblo (Volksgeist), no es resultado de la acción política tanto como de un carácter común a los hombres que, por habitar un mismo suelo, hablar la misma lengua y compartir la misma historia, han estrechado lazos de solidaridad indisolubles. El pueblo, para el pensador romántico, no cimienta su unión sobre las bases de una razón niveladora, sino de un sentimiento de comunidad que surge de la emoción de saberse parte de un pasado compartido y partícipe de un futuro en común.

Beethoven, que en sus cuadernos de conversaciones deja constancia de la influencia de pensadores románticos como Fichte o Schelling, así como de las vicisitudes históricas que atraviesa la Europa de su tiempo, está pasando un momento complejo en su carrera como compositor. A sus dificultades económicas y los constantes litigios con su cuñada por la custodia su sobrino Karl, a quien el artista, soltero sin remedio, acogió y tuteló como a un hijo, se suma el aislamiento al que lo condena su sordera que, durante los años en los que gestó sus últimas obras, era ya irrevocable y absoluta. Acosado por las circunstancias, Beethoven atraviesa una crisis creativa sin precedentes hasta que, espoleado por su audaz temperamento decide, una vez más y haciendo honor a su más célebre sentencia, “agarrar al destino por el cuello”. La composición de los cuatro movimientos que componen su sinfonía definitiva mantendría a Beethoven ocupado durante cinco años hasta su culminación, a comienzos de 1824.

Resulta sorprendente que el mensaje de optimismo y fraternidad con el que el compositor sella la coda de su obra magna surgiera en un periodo tan amargo de su vida y, paralelamente, de la vida común de una Europa en la que las aspiraciones liberales, en su intento de trasladar dicho mensaje a la práctica política, han sucumbido al rígido imperio de la Restauración. No obstante, el silencio que se ha instalado entre los hombres tras el fracaso del sueño revolucionario es precisamente el que, anquilosado en la sordera del artista, parece revelarle el poder transformador de la música impulsándolo a escribir los fortes corales que convierten su novena sinfonía en un himno a la alegría. Este último movimiento supone la consumación de un proceso creativo que Beethoven había iniciado tiempo atrás, cuando con tan sólo 23 años conoce la obra del poeta alemán Friedrich von Schiller. La lectura de su Oda a la Alegría provoca en el joven creador una honda impresión y enseguida siente el deseo de musicalizarla, aunque no lo conseguiría hasta el final de su vida.

La introducción del texto de Schiller en el último movimiento de la sinfonía, algo insólito para las formas orquestales de la época, causó más de un quebradero de cabeza a Beethoven, que se vio obligado a modificar el poema para acomodarlo a la arquitectura musical de la pieza. “No en esos tonos, oh amigos / entonemos otros más agradables y llenos de alegría”, irrumpe el barítono que introduce la parte vocal. Estas líneas, escritas por el propio compositor, no sólo resultan expresivas de su genio artístico que, en sintonía con el espíritu romántico de la época, rompe con los esquemas sinfónicos del Clasicismo. También esconden un significado más profundo; y es que Beethoven parece comprender que no son los tonos graves y estridentes de los cañones, ni los coros discordantes de la cámaras donde se decide el futuro político de Europa los que traerán a la humanidad el ansiado reino de la fraternidad universal, sino una emoción que sólo puede inspirarse a través del Arte con mayúsculas. Así, el cuarto movimiento de la novena es revelador del poder expresivo de la música, capaz de trasladar a todos los hombres en un lenguaje que traspasa las fronteras físicas, culturales e ideológicas el presentimiento jubiloso de una fuerza que vincula a todos los seres humanos en un abrazo poderoso e inquebrantable. Gracias a Beethoven, ese “beso al mundo entero” que imaginó Schiller nos alcanza de forma plena cuando, atravesados por su música, nosotros también intuimos que “sobre la bóveda celeste debe habitar un padre amoroso”.

Aunque ya han transcurrido casi dos siglos desde el estreno de la Novena Sinfonía, la relevancia y la magnitud de su mensaje permanecen intactos. A pesar del tiempo transcurrido, hoy más que nunca, la desigualdad, el fanatismo y el olvido del prójimo siguen ensombreciendo el mundo que Beethoven soñó con iluminar a través de su creación más sublime. Por ello, con más motivo, resulta necesario que resuene este abrazo entre millones. Su mensaje, que como bien comprendió Beethoven, no nos llega a través de la razón (que admite múltiples discursos), sino del corazón (que alberga las mismos sentimientos y esperanzas en todos los hombres y mujeres del mundo), es el que A Kiss for all the World pretende hacer llegar a los grandes olvidados de la Tierra.

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