Un beso al cielo congoleño

Esta tarde, mis nueve nietos han aparecido en casa con un viejo violín y una sabrosa tarta de frutas salpicada de velas. Setenta años son una vida entera y, a la vez, un instante. Junto a la afectuosa prole de piel de ébano, doy gracias al cielo por sostenerme en un ánimo confortado. Si bien necesito de cayado para caminar, tengo el privilegio de ver a mis pequeños crecer en armonía. La vida es dádiva y bendición. No me cabe sino transitar hacia el ocaso de la edad con un espíritu de agradecimiento y ofrenda.

Mientras la abuela culminaba el reparto del dulce, pasó por mi mente, como una centella, la imagen de mi amada madre. Mi primera infancia se deslizó envuelta en un paño cruzado a su menudo cuerpo mientras caminaba diariamente largas distancias para ganarse un humilde sustento. Asido al dulce universo de su dolorida espalda, al ritmo del cadencioso vaivén que marcaban sus caderas aprendí a balbucear, comer, dormir y descubrir el generoso sol congoleño.

Una terrible desgracia, sin embargo, aguardaba incluso antes de comenzar a hablar. Tras una breve enfermedad, mi madre murió. Nadie supo explicarme -quizá tampoco lo hubiera entendido- porqué la fatalidad madrugó con tanta vehemencia. Fui llevado a un orfanato donde sus cuidadores, con encomiable esfuerzo, injertaron mi quebrada existencia al insondable leño de la vida. Después de largo tiempo bañado en lágrimas compartidas con otras almas esculpidas en similar desgracia, una tarde se nos anunció la celebración de un inusual acontecimiento.

Ahora, cuando reúno a mis nietos les hago sentarse en el suelo formando un semicírculo y respetar un profundo silencio. Recostado en la mecedora y siguiendo las notas de mi violín, juntos tarareamos el Himno de la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven. Ellos no saben todavía su significado. No importa. Tampoco yo lo supe mientras los acordes interpretados por la Orquesta Sinfónica Kimbanguista de Kinshasa dirigida por el maestro Pirfano penetraban tan delicadamente en nuestras almas dejando su sello indeleble.

Al finalizar nuestro familiar concierto, muestro a mis nietos una antigua fotografía. Les emociona ver a su pequeño abuelo rodeado de amigos, nada más cumplir seis años, vestidos con camiseta de color calabaza y las pupilas colmadas de asombro, alegría y esperanza. Aquella tarde, movido por un enorme vigor interior, lancé a mi mamá el beso más fuerte del mundo elevando al cielo, a modo de ofrenda, un little Beethoven. Hago leer en voz alta, al mayor de mis vástagos, la leyenda posterior de la imagen: “Orfanato de Kimbondo. Concierto a cargo de A Kiss for All The World. 10 de junio de 2017. No como sea el mundo es lo místico, sino que sea”.

 

Fernando Lallana

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