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#donatalento

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Un instrumento musical no es sólo una herramienta para crear y compartir belleza. En A KISS FOR ALL THE WORLD nos inspira la convicción de que también puede ser un utensilio capaz de modelar una vida, de reescribir el pasado o de reinterpretar el futuro. #donatalento es una iniciativa solidaria complementaria a la labor que A KISS FOR ALL THE WORLD desarrollará en las sucesivas fases de su gira. Se trata de una campaña de recogida de instrumentos sinfónicos* destinada a proporcionar a niños y niñas de bajos recursos la oportunidad de desarrollar su talento para la música.

Los receptores de vuestras donaciones serán los niños, niñas y jóvenes que se acogen al programa de Batuta, una fundación que apuesta por la música como medio de desarrollo personal y comunitario en las zonas más vulnerables de Colombia. La Corporación Universitaria Minuto de Dios de Bogotá (UNIMINUTO), que está facilitando el acceso a la educación superior de jóvenes de bajos recursos a través de diversas iniciativas, también ha querido colaborar con nosotros en esta campaña.

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Jóvenes de fundación Batuta, en Colombia.

Os animamos a que nos apoyéis en esta tarea porque desprendernos de nuestro primer violín o de un clarinete arrinconado puede ser un gesto decisivo: hay grandes talentos ocultos que aguardan el momento de entregarse al mundo, y sólo esperan que alguien les confíe el instrumento adecuado. Si quieres colaborar con nosotros sólo tienes que escribirnos a donatalento@akissforalltheworld.org

¡Te esperamos!

* Bajo la categoría de “sinfónicos” se encuentran aquellos instrumentos que forman parte de la plantilla orquestal convencional. Así pues, los instrumentos que pueden ser donados son los siguientes: flautas traveseras y flautines, oboes, clarinetes, fagotes, trompas, trompetas, trombones, tubas, violines, violas, violonchelos y contrabajos.

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Instrumentos que integran la orquesta sinfónica.

Sobre la necesidad de lo inútil

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Desde que el hombre es hombre, y el artista, artista, la sociedad siempre ha interpuesto el mismo interrogante desalentador a los afanes de éste último. Una pregunta que, como escollo ineludible, todo genio creativo que se precie debe superar en algún momento de su vida o, en el peor de los casos, aceptar que ha de precederle, cual roca de Sísifo, en su ascensión por la empinada ladera de la incomprensión y el escepticismo de sus semejantes.

“¿Para qué?”. Así debieron cuestionarse, en una lengua ya olvidada, el esfuerzo del primer pintor de Altamira los miembros más respetables de la tribu, preocupados por la más apremiante necesidad de la caza. “¿Para qué?” debió de preguntarse, miles de años más tarde, el progenitor de Miguel Ángel cuando éste le comunicó su deseo de abandonar sus estudios y adoptar el denostado oficio de artista, comprometiendo la delicada posición de su familia en la pujante sociedad florentina de la época. “¿Para qué?”, debían de inquirir también a Beethoven sus amistades: ¿para qué dedicar sus mermadas energías a la creación de una nueva sinfonía, cada vez más sordo, más solo y angustiado, si ya disfrutaba de una posición acomodada gracias al apoyo de sus mecenas? A día de hoy no nos cabe duda de que conocemos la respuesta: para que pudiésemos disfrutar del más bello ciclo pictórico de la Prehistoria, del David y de la Novena Sinfonía.

Beethoven

Es inevitable que, como sociedad, pongamos en duda la utilidad del Arte y recelemos de sus elegidos. Existen unos criterios de conveniencia fuertemente jerarquizados que regulan nuestra vida, en la mayoría de los casos, conforme a un esquema de necesidades incuestionable. Si la figura del artista es objeto de polémica se debe a que, bajo este prisma de necesidades y valores, su actividad resulta subversiva. Porque su motivación, contraria tanto a lo que la sociedad como el individuo juzgan necesario para la vida, resulta inescrutable y es motivo de inquietud y de sospecha.

Esta jerarquía de las necesidades elementales, tan expresiva del estilo de vida y los criterios de valor de las sociedades occidentales, es la que plasma el psicólogo estadounidense Abraham Maslow en su obra A Theory of Human Motivation (1943). A modo de pirámide, Maslow cimienta las necesidades de tipo superior (Autorrealización y Reconocimiento) sobre necesidades básicas de tipo material (Afiliación, Seguridad y Fisiológicas). La llamada pirámide de Maslow, a través de otras obras divulgativas de la psicología social y cognitivo-conductual, ha asentado en la cultura popular (y a través de ésta en la conciencia colectiva) erigiéndose como modelo de interpretación definitivo de la compleja casuística de las motivaciones humanas. El paradigma de Maslow, en el que las necesidades de tipo creativo ocupan el estrato superior, no parece dar razón del comportamiento del artista, que a menudo desatiende sus necesidades primarias (despreciando las comodidades materiales, su seguridad personal y el afecto de sus semejantes) para culminar su obra. También resulta insuficiente para explicar el apremio que algunos individuos parecen experimentar, aún a costa de su propio bienestar particular, hacia la la contemplación de la belleza, la práctica de la justicia o la búsqueda desinteresada de la verdad. Según este esquema, no es de extrañar que el Arte se considere un lujo y su disfrute exclusivo de una minoría de privilegiados.

Maslow

“All Art is quite useless” (Todo arte es inútil), decía Oscar Wilde. Esta frase, en quien supo hacer de su propia vida su mejor creación artística, es más profunda de lo que pueda parecer a simple vista. En un esteta convencido como Wilde, la confirmación de una realidad tan consabida como la inutilidad del Arte no es un signo de superficialidad (él fue quien dijo que la superficialidad es una falta imperdonable en el artista), sino expresión de una aguda y profusa sensibilidad. Es a través de esa sensibilidad como el artista intuye una dimensión, solapada por el mundo material y el orden de sus necesidades, que se rige por leyes distintas a las que gobiernan éste último. Por este motivo, en dicha dimensión nuestras consideraciones sobre lo práctico y lo impráctico, sobre lo conveniente y lo inconveniente, no tienen validez alguna. De ahí que el Arte, que se nutre de la dimensión espiritual del hombre, no sólo sea, sino que deba ser completamente inútil para ser digno de tal nombre. Ahora bien, que el Arte sea inútil no significa que no sea necesario. Más bien al contrario.

Oscar Wilde

Oscar Wilde: “All Art is quite useless”

Nadie duda de que el alimento, el abrigo y el afecto constituyan necesidades y derechos elementales de todo ser humano. Sin embargo, la dignidad inherente a la persona no radica en el mero hecho de alimentarse, contar con medios de protección y defensa, o encontrar consuelo en el trato y la intimidad con nuestros semejantes (en eso no nos distinguimos de la mayoría de las especies animales), sino en cómo satisfacemos dichas necesidades. En ese  “cómo” opera la cultura, y en estrecha relación con ella, como principio rector, agente transformador y creativo, el Arte.

Es preciso darse cuenta del que Arte es necesario, no porque nos ayude a vivir mejor, sino porque hace nuestra vida más digna de ser vivida; no porque sea imprescindible para la vida, sino indispensable para una vida propiamente humana. El padre del pensamiento moderno, René Descartes, concluyó que mientras que en el mundo material rigen las leyes de la necesidad (inexorables, como las de la Física), el de espíritu es el reino de la libertad. El Arte es necesario porque, al introducir en la naturaleza la indeterminación del pensamiento y la imaginación, es una herramienta al servicio de la emancipación de la Humanidad. La atención a las necesidades materiales del individuo es necesaria, pero concederles una importancia absoluta solo puede ser el resultado de una visión mutilada de la naturaleza humana que, al negar la realidad del espíritu, concibe la libertad no como domino de la necesidad, sino como necesidad de domino. Es por ello que el Arte (y como tal la música) aun siendo inútil, es absolutamente imprescindible. Por eso, A Kiss for all the World nace con la inútil, pero apremiante misión, de llevar la Novena Sinfonía a quiénes más necesitan la libertad y la dignidad de la que el Arte es portador universal y eterno.

Nuestros embajadores: Emiliano Suárez

Emiliano Suárez

Emiliano Suárez

Emiliano Suárez pertenece a la tercera generación de la saga de joyeros más prestigiosa de España. Es el responsable de marketing y comunicación de  Joyerías Suarez, fundada en 1943 por su abuelo D. Emiliano Suárez Baffián. SS.MM los Reyes y Sofía de Habsburgo han lucido las creaciones de esta familia de orfebres de origen bilbaíno, que también han ensalzado los encantos de celebridades como Letita Casta o Isabel Preysler, entre otras reconocidas figuras del mundo de la moda. El carácter transgresor y expansivo del heredero de los Suárez le ha llevado a emprender más allá de la firma familiar, fraguando en proyectos como la línea de orfebrería Aristocrazy (más accesible, urbana y vanguardista). De su gusto por la buena cocina surge también un nuevo concepto gastronómico: Punk Bach, una afamada brasserie madrileña, de la que es socio fundador, y que conjuga (como su nombre indica) tradición y rebeldía culinarias. Amante de la ópera y melómano sin remedio, Suárez se apunta a A Kiss for all the World para adornar el mundo con la Novena Sinfonía: una obra musical que es una auténtica joya. ¡Bienvenido!

P: ¿Qué te mueve a apoyar A Kiss for all the World?

R: Mi pasión por la música, una gran inquietud por aportar ideas en un proyecto tan estimulante y la ilusión que me hace compartir esta responsabilidad con amigos de tanta entidad.

¿Qué crees que hace a este proyecto diferente de otras iniciativas solidarias?

Su singularidad, su emotividad y los valores que representa. Es un proyecto independiente y apasionado; tiene fundamento y nos plantea un gran reto a todos los que vamos a colaborar.

¿Crees que la música puede mejorar la vida de las personas?

Sin duda. La música es como la vida: es universal, no tiene fronteras y apela directamente a las emociones más profundas del ser humano.

¿Animarías a otras personas a participar en A Kiss for all the World?

Yo a lo que animo es a no preocuparnos tan solo de nuestros propios asuntos; es muy sano dejar por un momento el egoísmo a un lado e implicarnos en iniciativas como ésta para ayudar a que salgan adelante.

Música para contemplar, por Fernando Lallana

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Juan Fernando Lallana Moreno (Madrid, 1969) es licenciado en Ciencias Empresariales y en Derecho por la Universidad de Castilla La Mancha y Master en Relaciones Públicas por el Istituto Europeo di Design de Milán. Especialista en gestión y dirección de Recursos Humanos, su experiencia profesional abarca tanto el sector público como la empresa privada. A día de hoy ejerce como consultor en el ámbito nacional e internacional,  especialmente en América Latina. Asimismo, colabora con varias Universidades, Fundaciones y entidades del tercer sector. Afincado en Toledo, Lallana es, además, un humanista apasionado, estudioso de la historia española y europea de los siglos XV y XVI y autor de la novela histórica Florentius, ambientada en la convulsa Europa de la Reforma y la Inquisición.

Cuando no me ve nadie, gusto de imaginar a veces si no será la música la única respuesta posible para algunas preguntas (Buero Vallejo)

 

No es casual que el creador de A Kiss for all the World estuviera sumergido, durante su etapa instructiva, en las profundas aguas de la filosofía. Una idea tan brillante solo puede surgir en una mente gobernada por la cátedra de la sabiduría eterna y universal. De ahí la certeza, dejando a un lado la retórica, de toparnos frente a una iniciativa con cuerpo y alma verdaderos.

La relación entre música y filosofía es evidente desde que el hombre es hombre. Los griegos denominaron a la filosofía la música más excelsa. Fue Pitágoras quien, después de intuir que los intervalos musicales no pueden originarse sin el número, profundizó en el origen de lo armónico y lo inarmónico. La definición del estado del mundo a través de la música fue, sin duda, una de sus aportaciones más valiosas.

La armonía fue considerada por los pitagóricos como algo eterno, inherente al equilibrio cósmico, a partir de la cual provocaría en quien la contemplara una katarsis o purificación del alma. El hombre sana el cuerpo por medio de la medicina y purifica el alma gracias a la música. La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo, sentenció posteriormente Platón. Así, desde la Antigüedad, la música se convirtió en medio de contemplación y de purificación espiritual.

Los primeros pensadores consideraron la contemplación -frente al mero hacer- como la función principal del filósofo, de aquél que quiere acercarse a la verdadera realidad. Y por extensión, del que desea y busca la felicidad. No basta con el conocimiento que ofrecen los sentidos, hay que saber mirar con el intelecto, y para ello la música hace las veces de trampolín entre el mundo sensible y el racional. Muchos de estos sabios entendieron que la vida es un encuentro donde los hombres se congregan con ocasión de unos juegos: unos acuden para competir; otros para criticar; los de más allá por el comercio; y quizá el resto para presumir o encontrar halagos. En cambio, los desinteresados, sensatos y humildes, acuden como espectadores. Esos contempladores de la realidad son a los que, marginados y sin el brillo que otorga el protagonismo, solo les queda ver, escuchar y pensar…

Los mismos espectadores son hoy, en pleno siglo XXI, los desfavorecidos y olvidados de nuestro planeta. Los que, apiñados en el gallinero de la existencia, permanecen mudos, al margen del juego denominado primer mundo. A ellos se dirige la Novena Sinfonía de Beethoven a través de una gran movilización encarnada en A Kiss for All The World. Una movilización con una singularidad respecto a las miles de interpretaciones que a lo largo de la historia se han hecho de esta obra cumbre. Con una particularidad que la hace conectar con su origen y radical esencia: una prodigiosa interpretación sostenida en la genuina y eterna armonía cósmica. Música para los humildes espectadores del mundo dirigida e interpretada por un alma que respira filosofía…

Nuestros embajadores: Carlos Rodríguez Braun

Carlos Rodríguez Braun

Carlos Rodríguez Braun es un reconocido economista y divulgador hispano-argentino, estudioso de las grandes figuras de la ciencia económica (Ricardo, Smith, Mill, Keynes…) y periodista especializado, colaborador habitual en medios como RTVE, Cadena Ser o Expansión. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, donde ocupa la cátedra de Historia del Pensamiento Económico y desarrolla, a día de hoy, su labor docente como profesor emérito. Autor de docenas de artículos y más de veinte libros sobre la materia, está convencido de que no hay lenguaje más liberal que la música ni riqueza mayor que el placer de compartirla.

P: ¿Qué te mueve a apoyar A Kiss for all the World?

Por utilizar metáforas a tono con el proyecto, mi apoyo obedece a que esta iniciativa pulsa dos cuerdas cuyo sonido aprecio enormemente: la música y el activismo solidario.

R: ¿Qué crees que hace a este proyecto diferente de otras iniciativas solidarias?

Su apuesta por la sociedad civil, cuyas iniciativas tantas veces infravaloramos porque suponemos, falazmente, que las personas no somos capaces de organizarnos libremente para secundar causas nobles, como la ayuda a los más necesitados.

¿Crees que la música puede mejorar la vida de las personas?

A menudo repetimos eso de que la música es “un lenguaje universal” sin percibir la potencia de esta idea: el lenguaje no es producto del poder, ni de las leyes, ni de las academias, sino que es creado por las personas en sus interacciones, sus tratos y contratos voluntarios. Y nada puede mejorar más la vida de las personas que la dignidad de sabernos dueños de nuestro propio destino; una dignidad de la que nos imbuye la música mejor que cualquier otro lenguaje.

 ¿Animarías a otras personas a participar en A Kiss for all the World?

Por supuesto. Tanto por lo mucho que con este proyecto podemos los seres humanos ayudarnos mutuamente como por la ayuda que al reconocernos, de este modo, en el prójimo, también nos brindamos a nosotros mismos.

¿Patrimonio de la Humanidad?

IMG-0036DSC00297 (1)El 12 de enero de 2003 tiene lugar un acontecimiento insólito en la historia de la música. Por primera vez una composición musical es declarada Patrimonio de la Humanidad. La UNESCO, el organismo internacional surgido en 1945 de las brasas, todavía candentes de la II Guerra Mundial para velar por la paz a través de la cultura, la ciencia y la educación, declara que la Novena Sinfonía de Beethoven es un legado cuyo disfrute y cuidado no corresponde únicamente al pueblo europeo, (cuyo himno, desde 1985, consiste precisamente en una adaptación de la Oda a la Alegría) sino al género humano en su totalidad. Que este comité dependiente de las Naciones Unidas otorgara semejante reconocimiento a la obra de Beethoven suponía, y supone de manera explícita, refrendar el valor de la música como instrumento de conciliación, capaz de generar unión con independencia de la procedencia cultural de las personas, su situación socio-económica, sus ideas políticas o sus creencias religiosas. Proclamar que la Novena Sinfonía compite en relevancia con el Parque Nacional Serengeti, Machu Pichu, o los guerreros de terracota de Xian, equivale admitir que su mensaje es garantía de concordia y armonía entre los seres humanos.

Ahora bien, si es cierto que el lenguaje musical apela a una sensibilidad común, ello no implica que la música en general, y la Novena Sinfonía en particular, sea de todos. Si reconocemos que la música es un lenguaje universal es porque admitimos, igualmente, que todos los hombres y mujeres de la Tierra compartimos una naturaleza que se estremece con alegrías y miedos similares, alberga los mismos deseos y proyecta idénticas ilusiones y esperanzas. Porque, en definitiva, coincidimos en que todos pertenecemos a un mismo género: el humano. No obstante, la Humanidad, como patria universal del hombre, como comunidad verdaderamente vertebral y vertebradora de la especie, es un proyecto que aún está en vías de realizarse. A pesar del avance de las nuevas tecnologías de la comunicación, de las bondades de la globalización y de la existencia de un gobierno mundial que opera a través de organismos como la UNESCO, aún no podemos afirmar que los seres humanos, por estos factores y por la sola afinidad que resulta de nuestra naturaleza compartida, formemos una auténtica familia. No mientras la pobreza y el hambre se sigan cebando con gran parte de la población mundial; no mientras aún existan gentes que, por falta de acceso a la cultura, escriban su historia en los márgenes invisibles de la Historia.

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Beethoven, como buen artista romántico, no creía que esta unión fuese a surgir de un nuevo orden político. Aunque en un primer momento el genio alemán no tuvo reparos en expresar su afinidad con los ideales que inspiraron la Revolución Francesa, su entusiasmo, a la luz de los acontecimientos que se desarrollaban en Europa, no tardó en ceder a la decepción. La autoproclamación de Napoleón como emperador (1804) fue el suceso histórico que sacó a Beethoven de su sueño revolucionario. Se sabe que al conocer la noticia, el compositor renano rompió en cólera y exclamó: “¡Así que no es más que un común mortal! Ahora también pisoteará los derechos del hombre y se abandonará únicamente a su ambición. ¡Se ensalzará a si mismo sobre los demás convirtiéndose en un tirano!”. Su tercera sinfonía, que originariamente iba a llevar por título “Bonaparte” en honor al general corso, a quien comparaba con los grandes cónsules de la Antigua Roma, pasó a llamarse simplemente “La Heroica”.

Beethoven no fue capaz de entender cómo el supuesto guardián de los derechos del Hombre y el Ciudadano reclamaba para sí un poder aún más absoluto que el que detentaban los monarcas de la vieja Europa, representantes de un régimen caduco basado en el vasallaje y el miedo. Mientras que su antípoda ideológico, el filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel, celebraba la invasión de Jena (1806) por las tropas de Napoleón (al ver la entrada triunfal del general en la ciudad alemana se congratulaba de haber visto “al Espíritu Absoluto a caballo”), Beethoven abdicaba de su fe en la Razón como principio rector de las sociedades humanas. No en vano, era precisamente esa Razón la que, encarnada en la figura del tirano galo, se afanaba en imponerse a sangre y fuego sobre toda Europa. Y si una sociedad de individuos libres e iguales no podía fundarse en la fuerza de la razón (o, más bien, en la razón por la fuerza), ésta solo podría llegar a través de un sentimiento. ¿Y qué sentimiento, sino la Alegría, para elevarnos a la comprensión de la armonía universal entre los seres? Y, para ello ¿qué discurso más elocuente que la música? De esta nueva sensibilidad artística, contraria al racionalismo dominante, surge la Novena Sinfonía de Beethoven.

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Sólo el hombre que, según se cuenta, fue capaz de negar el saludo a la mismísima emperatriz de Austria era capaz de componer la partitura que hoy atesora la Biblioteca Nacional de Berlín y que la UNESCO declara nuestra herencia y legado de las generaciones venideras. En esa partitura están escritas, en el lenguaje del corazón, las claves musicales para el advenimiento de una verdadera fraternidad universal. Beethoven, al escribirla desde su poderosa sensibilidad, desafecta a todo régimen mundano, no era alemán ni europeo, sino cosmopolita. No era contingente y temporal, sino necesario y eterno. Para que esa Humanidad, todavía en camino, llegue a concretarse en la práctica, primero necesitará un himno; y A Kiss for all the World quiere que sea la Novena Sinfonía. Una obra que, a pesar de ser como su propio artífice, universal, no puede considerarse Patrimonio de la Humanidad cuando tantas personas todavía no han podido reconocerse destinatarias de ese beso al mundo entero que soñó Beethoven. Por eso, A Kiss for all the World quiere acercar su mensaje a quienes viven con menos de una comida al día pero siguen necesitados de un bien aún más básico: sentirse miembros de una misma familia y habitantes de un mismo hogar.