Sólo el Arte me sostuvo

“Yo me mezclaría con vosotros con agrado pero mi desgracia es doblemente dolorosa porque ocasiona que sea incomprendido”, pareció leerse en los apocados labios de niños y jóvenes de estratos humildes sorteando la vergüenza de tomar asiento para el concierto de la Novena Sinfonía, meses atrás, en el Aeropuerto El Dorado o en el Barrio Minuto de Dios en Bogotá. “Para mí no puede existir la alegría de la compañía humana, ni los refinados diálogos, ni las mutuas confidencias, sólo me puedo mezclar con la sociedad un poco cuando las más grandes necesidades me obligan a hacerlo”, bien pudieron expresar, con pesadumbre, enfermos e impedidos mientras sus camillas y sillas de ruedas se ordenaban en los inusuales espacios habilitados en los Hospitales Doce de Octubre de Madrid, Parapléjicos de Toledo y Nacional Oncológico de la Ciudad de Panamá.

Lógico sería, igualmente, que un escéptico pensamiento invadiera la mente de los introvertidos refugiados sirios en el Campo de Hamburgo y de los internos de las prisiones La Picota en Bogotá o Ancón en Lima al ver flautas, violines y chelos invadiendo su espacio: “Debo vivir como un exilado, si me acerco a la gente, un ardiente terror se apodera de mí, un miedo de que mi condición sea descubierta”, cabría que reflexionaran acostumbrados a una timorata existencia abonada en el desprecio y la indiferencia.

¿Acaso podrá verdaderamente una expresión artística, como es la Novena Sinfonía interpretada por A Kiss for All the World, sostener el aliento de esta Humanidad desventurada? Después de dos años de andadura, sellada con varios conciertos en Europa y una primera gira por América Latina, son tan elevados el interés y las expectativas despertadas como desafiantes las interpelaciones que giran en torno a esta insólita iniciativa liderada por Íñigo Pirfano. La osada propuesta de revisar el concepto de primeras necesidades se abre paso entre un paisaje a menudo mezquino y reduccionista. Enfatizar, a través del arte, la belleza y la música, la pura existencia y dignidad humanas desnudas de todo prejuicio o graduación en términos de utilidad, deja un sello indeleble y esperanzador en los corazones de todo aquél que recibe el abrazo amoroso que da sentido a nuestro proyecto.

Estas reflexiones, sin embargo, podrían tacharse de frívolas y presuntuosas si fueran simplemente proyecciones de un iluso voluntarismo. En cambio, las citas puestas en boca de excluidos, refugiados, enfermos y privados de libertad que encierran la desdicha perenne al ser humano sufriente de cualquier época, fueron escritas muchos años antes de que A Kiss for All the World echara a rodar. Concretamente, brotaron en la penumbra de una desvencijada buhardilla en la pequeña ciudad germana de Heiligenstadt una fría tarde del octubre de 1802. Allí, entre los muros de soledad que sólo el olvido y la nostalgia son capaces de levantar, plasmó su testamento vital un ser deprimido y atormentado por su debilidad y el avance de su sordera. Pero cuando la tentación de dejarse caer al foso del abatimiento parecía tenerlo atenazado, obró el milagro de asomar la mirada al océano de su grandeza y revertir, con inmenso coraje, el desfallecimiento que lo maniataba: “Solo el Arte me sostuvo. Imposible dejar el mundo hasta haber realizado todo lo que yo sentía que estaba llamado a realizar. Entonces soporté esta existencia miserable”, vino a constatar de manera audaz un testarudo Ludwig van Beethoven.

Fernando Lallana

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