Sobre la necesidad de lo inútil

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Desde que el hombre es hombre, y el artista, artista, la sociedad siempre ha interpuesto el mismo interrogante desalentador a los afanes de éste último. Una pregunta que, como escollo ineludible, todo genio creativo que se precie debe superar en algún momento de su vida o, en el peor de los casos, aceptar que ha de precederle, cual roca de Sísifo, en su ascensión por la empinada ladera de la incomprensión y el escepticismo de sus semejantes.

“¿Para qué?”. Así debieron cuestionarse, en una lengua ya olvidada, el esfuerzo del primer pintor de Altamira los miembros más respetables de la tribu, preocupados por la más apremiante necesidad de la caza. “¿Para qué?” debió de preguntarse, miles de años más tarde, el progenitor de Miguel Ángel cuando éste le comunicó su deseo de abandonar sus estudios y adoptar el denostado oficio de artista, comprometiendo la delicada posición de su familia en la pujante sociedad florentina de la época. “¿Para qué?”, debían de inquirir también a Beethoven sus amistades: ¿para qué dedicar sus mermadas energías a la creación de una nueva sinfonía, cada vez más sordo, más solo y angustiado, si ya disfrutaba de una posición acomodada gracias al apoyo de sus mecenas? A día de hoy no nos cabe duda de que conocemos la respuesta: para que pudiésemos disfrutar del más bello ciclo pictórico de la Prehistoria, del David y de la Novena Sinfonía.

Beethoven

Es inevitable que, como sociedad, pongamos en duda la utilidad del Arte y recelemos de sus elegidos. Existen unos criterios de conveniencia fuertemente jerarquizados que regulan nuestra vida, en la mayoría de los casos, conforme a un esquema de necesidades incuestionable. Si la figura del artista es objeto de polémica se debe a que, bajo este prisma de necesidades y valores, su actividad resulta subversiva. Porque su motivación, contraria tanto a lo que la sociedad como el individuo juzgan necesario para la vida, resulta inescrutable y es motivo de inquietud y de sospecha.

Esta jerarquía de las necesidades elementales, tan expresiva del estilo de vida y los criterios de valor de las sociedades occidentales, es la que plasma el psicólogo estadounidense Abraham Maslow en su obra A Theory of Human Motivation (1943). A modo de pirámide, Maslow cimienta las necesidades de tipo superior (Autorrealización y Reconocimiento) sobre necesidades básicas de tipo material (Afiliación, Seguridad y Fisiológicas). La llamada pirámide de Maslow, a través de otras obras divulgativas de la psicología social y cognitivo-conductual, ha asentado en la cultura popular (y a través de ésta en la conciencia colectiva) erigiéndose como modelo de interpretación definitivo de la compleja casuística de las motivaciones humanas. El paradigma de Maslow, en el que las necesidades de tipo creativo ocupan el estrato superior, no parece dar razón del comportamiento del artista, que a menudo desatiende sus necesidades primarias (despreciando las comodidades materiales, su seguridad personal y el afecto de sus semejantes) para culminar su obra. También resulta insuficiente para explicar el apremio que algunos individuos parecen experimentar, aún a costa de su propio bienestar particular, hacia la la contemplación de la belleza, la práctica de la justicia o la búsqueda desinteresada de la verdad. Según este esquema, no es de extrañar que el Arte se considere un lujo y su disfrute exclusivo de una minoría de privilegiados.

Maslow

“All Art is quite useless” (Todo arte es inútil), decía Oscar Wilde. Esta frase, en quien supo hacer de su propia vida su mejor creación artística, es más profunda de lo que pueda parecer a simple vista. En un esteta convencido como Wilde, la confirmación de una realidad tan consabida como la inutilidad del Arte no es un signo de superficialidad (él fue quien dijo que la superficialidad es una falta imperdonable en el artista), sino expresión de una aguda y profusa sensibilidad. Es a través de esa sensibilidad como el artista intuye una dimensión, solapada por el mundo material y el orden de sus necesidades, que se rige por leyes distintas a las que gobiernan éste último. Por este motivo, en dicha dimensión nuestras consideraciones sobre lo práctico y lo impráctico, sobre lo conveniente y lo inconveniente, no tienen validez alguna. De ahí que el Arte, que se nutre de la dimensión espiritual del hombre, no sólo sea, sino que deba ser completamente inútil para ser digno de tal nombre. Ahora bien, que el Arte sea inútil no significa que no sea necesario. Más bien al contrario.

Oscar Wilde

Oscar Wilde: “All Art is quite useless”

Nadie duda de que el alimento, el abrigo y el afecto constituyan necesidades y derechos elementales de todo ser humano. Sin embargo, la dignidad inherente a la persona no radica en el mero hecho de alimentarse, contar con medios de protección y defensa, o encontrar consuelo en el trato y la intimidad con nuestros semejantes (en eso no nos distinguimos de la mayoría de las especies animales), sino en cómo satisfacemos dichas necesidades. En ese  “cómo” opera la cultura, y en estrecha relación con ella, como principio rector, agente transformador y creativo, el Arte.

Es preciso darse cuenta del que Arte es necesario, no porque nos ayude a vivir mejor, sino porque hace nuestra vida más digna de ser vivida; no porque sea imprescindible para la vida, sino indispensable para una vida propiamente humana. El padre del pensamiento moderno, René Descartes, concluyó que mientras que en el mundo material rigen las leyes de la necesidad (inexorables, como las de la Física), el de espíritu es el reino de la libertad. El Arte es necesario porque, al introducir en la naturaleza la indeterminación del pensamiento y la imaginación, es una herramienta al servicio de la emancipación de la Humanidad. La atención a las necesidades materiales del individuo es necesaria, pero concederles una importancia absoluta solo puede ser el resultado de una visión mutilada de la naturaleza humana que, al negar la realidad del espíritu, concibe la libertad no como domino de la necesidad, sino como necesidad de domino. Es por ello que el Arte (y como tal la música) aun siendo inútil, es absolutamente imprescindible. Por eso, A Kiss for all the World nace con la inútil, pero apremiante misión, de llevar la Novena Sinfonía a quiénes más necesitan la libertad y la dignidad de la que el Arte es portador universal y eterno.

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