Pétalos de dignidad y esperanza en Hamburgo

Desde la Antigüedad, regalar flores es un noble gesto para transmitir los más genuinos sentimientos que brotan del alma humana. El lenguaje de las flores, asumido por la cultura occidental a principios del siglo XVIII tiene sus orígenes en Oriente. La rosa de Damasco, ya citada en el Cantar de los Cantares, es metáfora de cercanía y amor por su excelente fragancia y virtudes salvíficas. Desgraciadamente para los hacendosos cultivadores, su producción en los campos de El Mrah, circundantes de la capital de Siria, ha venido a menos a causa de la cruenta guerra que asola el país. Como el efecto que produce una inesperada helada en los tiernos esquejes, miles de hombres, mujeres y niños, víctimas de la barbarie, han visto truncadas sus vidas y arrancados de sus hogares igual que malas hierbas.

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El campo de refugiados gestionado por la Orden de Malta cerca de Hamburgo es un oasis donde estos desplazados de la humanidad encuentran reconfortante acogida. Sin embargo, siendo este auxilio una verdadera tabla de salvación, la mirada infinita de sus providentes gestores sobrepasa la mera voluntad de alimentar bocas, vestir cuerpos o desinfectar heridas. De su castrense, impoluta y azulada presencia, trazo elocuente de una arrolladora persuasión y sólida certidumbre, emana la misericordiosa intención de agasajar a esta generación sufriente con el alentador mensaje de su propia dignidad.

A Kiss for All the World ha asumido la responsabilidad de servir de vehículo transmisor de este aliento sublime e incondicional: ni las bombas, ni la humillación, ni el destierro, ni siquiera la muerte, pueden marchitar la belleza y grandeza de todo ser humano. Los pétalos de la Novena Sinfonía de Beethoven interpretados por la Sinfónica de Hamburgo y el Coro Carl Philipp Emanuel Bach acompañando al prodigioso ramillete de voces compuesto por Ainhoa Arteta, María José Montiel, Albert Montserrat y Aris Argiris, se depositaron en el alma de los refugiados el pasado 15 de julio en forma de delicados y entrañables suspiros de predilección.

Sin embargo, el acontecimiento no hubiera alcanzado su clímax sin un postrero e imperceptible detalle, que hizo recordar, citando a San Agustín, que los significados ocultos son los más sutiles. Nadiya, mujer discreta y madura, de diminutas y oscuras pupilas inescrutables, por primera vez escuchó, ataviada con un colorido pañuelo sobre su cabeza, el mensaje imperecedero de la Oda a la Alegría de Schiller. Detrás de su mirada aturdida, esculpida por las secuelas de las cicatrices de una velada existencia posiblemente abonada en la contención del afecto, descansaba un rebosante agradecimiento. La maternal y aterciopelada ternura acunando en su regazo el ramo de rosas ofrecidas por el director de orquesta al final del concierto le hizo creer que el maestro Pirfano las hubiera recogido en el mismo Paraíso. Quizá esta mujer nunca antes fuera obsequiada con flores.

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Umberto Eco afirmó en su Historia de la Belleza que todas las flores tienen un significado místico. Pareciera que la afligida Nadiya recordara en el frescor y lozanía de las recibidas la belleza de los plantíos de Siria vestidos de rosas de Damasco. O que en ellas leyera los estimulantes versos del poeta Yosa Buson: Sobre el excremento del caballo, las flores que cayeron del ciruelo rojo parecen besarse. Nuestra visita a Hamburgo habría merecido la pena si, por un instante, la fragancia de ilusión y esperanza que envolvió a las mujeres del campo de refugiados socavara el olor a pólvora y espasmo que tiempo atrás agostara sus manos.

Fernando Lallana

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