Música para contemplar, por Fernando Lallana

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Juan Fernando Lallana Moreno (Madrid, 1969) es licenciado en Ciencias Empresariales y en Derecho por la Universidad de Castilla La Mancha y Master en Relaciones Públicas por el Istituto Europeo di Design de Milán. Especialista en gestión y dirección de Recursos Humanos, su experiencia profesional abarca tanto el sector público como la empresa privada. A día de hoy ejerce como consultor en el ámbito nacional e internacional,  especialmente en América Latina. Asimismo, colabora con varias Universidades, Fundaciones y entidades del tercer sector. Afincado en Toledo, Lallana es, además, un humanista apasionado, estudioso de la historia española y europea de los siglos XV y XVI y autor de la novela histórica Florentius, ambientada en la convulsa Europa de la Reforma y la Inquisición.

Cuando no me ve nadie, gusto de imaginar a veces si no será la música la única respuesta posible para algunas preguntas (Buero Vallejo)

 

No es casual que el creador de A Kiss for all the World estuviera sumergido, durante su etapa instructiva, en las profundas aguas de la filosofía. Una idea tan brillante solo puede surgir en una mente gobernada por la cátedra de la sabiduría eterna y universal. De ahí la certeza, dejando a un lado la retórica, de toparnos frente a una iniciativa con cuerpo y alma verdaderos.

La relación entre música y filosofía es evidente desde que el hombre es hombre. Los griegos denominaron a la filosofía la música más excelsa. Fue Pitágoras quien, después de intuir que los intervalos musicales no pueden originarse sin el número, profundizó en el origen de lo armónico y lo inarmónico. La definición del estado del mundo a través de la música fue, sin duda, una de sus aportaciones más valiosas.

La armonía fue considerada por los pitagóricos como algo eterno, inherente al equilibrio cósmico, a partir de la cual provocaría en quien la contemplara una katarsis o purificación del alma. El hombre sana el cuerpo por medio de la medicina y purifica el alma gracias a la música. La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo, sentenció posteriormente Platón. Así, desde la Antigüedad, la música se convirtió en medio de contemplación y de purificación espiritual.

Los primeros pensadores consideraron la contemplación -frente al mero hacer- como la función principal del filósofo, de aquél que quiere acercarse a la verdadera realidad. Y por extensión, del que desea y busca la felicidad. No basta con el conocimiento que ofrecen los sentidos, hay que saber mirar con el intelecto, y para ello la música hace las veces de trampolín entre el mundo sensible y el racional. Muchos de estos sabios entendieron que la vida es un encuentro donde los hombres se congregan con ocasión de unos juegos: unos acuden para competir; otros para criticar; los de más allá por el comercio; y quizá el resto para presumir o encontrar halagos. En cambio, los desinteresados, sensatos y humildes, acuden como espectadores. Esos contempladores de la realidad son a los que, marginados y sin el brillo que otorga el protagonismo, solo les queda ver, escuchar y pensar…

Los mismos espectadores son hoy, en pleno siglo XXI, los desfavorecidos y olvidados de nuestro planeta. Los que, apiñados en el gallinero de la existencia, permanecen mudos, al margen del juego denominado primer mundo. A ellos se dirige la Novena Sinfonía de Beethoven a través de una gran movilización encarnada en A Kiss for All The World. Una movilización con una singularidad respecto a las miles de interpretaciones que a lo largo de la historia se han hecho de esta obra cumbre. Con una particularidad que la hace conectar con su origen y radical esencia: una prodigiosa interpretación sostenida en la genuina y eterna armonía cósmica. Música para los humildes espectadores del mundo dirigida e interpretada por un alma que respira filosofía…

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