¿Patrimonio de la Humanidad?

IMG-0036DSC00297 (1)El 12 de enero de 2003 tiene lugar un acontecimiento insólito en la historia de la música. Por primera vez una composición musical es declarada Patrimonio de la Humanidad. La UNESCO, el organismo internacional surgido en 1945 de las brasas, todavía candentes de la II Guerra Mundial para velar por la paz a través de la cultura, la ciencia y la educación, declara que la Novena Sinfonía de Beethoven es un legado cuyo disfrute y cuidado no corresponde únicamente al pueblo europeo, (cuyo himno, desde 1985, consiste precisamente en una adaptación de la Oda a la Alegría) sino al género humano en su totalidad. Que este comité dependiente de las Naciones Unidas otorgara semejante reconocimiento a la obra de Beethoven suponía, y supone de manera explícita, refrendar el valor de la música como instrumento de conciliación, capaz de generar unión con independencia de la procedencia cultural de las personas, su situación socio-económica, sus ideas políticas o sus creencias religiosas. Proclamar que la Novena Sinfonía compite en relevancia con el Parque Nacional Serengeti, Machu Pichu, o los guerreros de terracota de Xian, equivale admitir que su mensaje es garantía de concordia y armonía entre los seres humanos.

Ahora bien, si es cierto que el lenguaje musical apela a una sensibilidad común, ello no implica que la música en general, y la Novena Sinfonía en particular, sea de todos. Si reconocemos que la música es un lenguaje universal es porque admitimos, igualmente, que todos los hombres y mujeres de la Tierra compartimos una naturaleza que se estremece con alegrías y miedos similares, alberga los mismos deseos y proyecta idénticas ilusiones y esperanzas. Porque, en definitiva, coincidimos en que todos pertenecemos a un mismo género: el humano. No obstante, la Humanidad, como patria universal del hombre, como comunidad verdaderamente vertebral y vertebradora de la especie, es un proyecto que aún está en vías de realizarse. A pesar del avance de las nuevas tecnologías de la comunicación, de las bondades de la globalización y de la existencia de un gobierno mundial que opera a través de organismos como la UNESCO, aún no podemos afirmar que los seres humanos, por estos factores y por la sola afinidad que resulta de nuestra naturaleza compartida, formemos una auténtica familia. No mientras la pobreza y el hambre se sigan cebando con gran parte de la población mundial; no mientras aún existan gentes que, por falta de acceso a la cultura, escriban su historia en los márgenes invisibles de la Historia.

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Beethoven, como buen artista romántico, no creía que esta unión fuese a surgir de un nuevo orden político. Aunque en un primer momento el genio alemán no tuvo reparos en expresar su afinidad con los ideales que inspiraron la Revolución Francesa, su entusiasmo, a la luz de los acontecimientos que se desarrollaban en Europa, no tardó en ceder a la decepción. La autoproclamación de Napoleón como emperador (1804) fue el suceso histórico que sacó a Beethoven de su sueño revolucionario. Se sabe que al conocer la noticia, el compositor renano rompió en cólera y exclamó: “¡Así que no es más que un común mortal! Ahora también pisoteará los derechos del hombre y se abandonará únicamente a su ambición. ¡Se ensalzará a si mismo sobre los demás convirtiéndose en un tirano!”. Su tercera sinfonía, que originariamente iba a llevar por título “Bonaparte” en honor al general corso, a quien comparaba con los grandes cónsules de la Antigua Roma, pasó a llamarse simplemente “La Heroica”.

Beethoven no fue capaz de entender cómo el supuesto guardián de los derechos del Hombre y el Ciudadano reclamaba para sí un poder aún más absoluto que el que detentaban los monarcas de la vieja Europa, representantes de un régimen caduco basado en el vasallaje y el miedo. Mientras que su antípoda ideológico, el filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel, celebraba la invasión de Jena (1806) por las tropas de Napoleón (al ver la entrada triunfal del general en la ciudad alemana se congratulaba de haber visto “al Espíritu Absoluto a caballo”), Beethoven abdicaba de su fe en la Razón como principio rector de las sociedades humanas. No en vano, era precisamente esa Razón la que, encarnada en la figura del tirano galo, se afanaba en imponerse a sangre y fuego sobre toda Europa. Y si una sociedad de individuos libres e iguales no podía fundarse en la fuerza de la razón (o, más bien, en la razón por la fuerza), ésta solo podría llegar a través de un sentimiento. ¿Y qué sentimiento, sino la Alegría, para elevarnos a la comprensión de la armonía universal entre los seres? Y, para ello ¿qué discurso más elocuente que la música? De esta nueva sensibilidad artística, contraria al racionalismo dominante, surge la Novena Sinfonía de Beethoven.

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Sólo el hombre que, según se cuenta, fue capaz de negar el saludo a la mismísima emperatriz de Austria era capaz de componer la partitura que hoy atesora la Biblioteca Nacional de Berlín y que la UNESCO declara nuestra herencia y legado de las generaciones venideras. En esa partitura están escritas, en el lenguaje del corazón, las claves musicales para el advenimiento de una verdadera fraternidad universal. Beethoven, al escribirla desde su poderosa sensibilidad, desafecta a todo régimen mundano, no era alemán ni europeo, sino cosmopolita. No era contingente y temporal, sino necesario y eterno. Para que esa Humanidad, todavía en camino, llegue a concretarse en la práctica, primero necesitará un himno; y A Kiss for all the World quiere que sea la Novena Sinfonía. Una obra que, a pesar de ser como su propio artífice, universal, no puede considerarse Patrimonio de la Humanidad cuando tantas personas todavía no han podido reconocerse destinatarias de ese beso al mundo entero que soñó Beethoven. Por eso, A Kiss for all the World quiere acercar su mensaje a quienes viven con menos de una comida al día pero siguen necesitados de un bien aún más básico: sentirse miembros de una misma familia y habitantes de un mismo hogar.

Nuestros embajadores: Charo Izquierdo

Charo Izquierdo

Charo Izquierdo es una de esas personas que piensa desde el corazón y que, cuando siente de verdad una idea, es capaz de hacerla latir en el pensamiento de otros con un entusiasmo contagioso. Durante siete años ha sido el motor del semanario Yo Dona y posteriormente directora de la revista Grazia en España. Actualmente compagina su labor periodística con su faceta de bloggera en la red social de mujeres profesionales Womenalia. Ha acompañado a este proyecto desde que comenzó a dar sus primeros pasos y nunca le ha escatimado aliento. Sobre todo, porque ama la música y sabe que la música, como el amor, se desvirtúa si no se comparte. Y es que Charo, como mujer y como madre, en cuestiones de generosidad entiende un rato. ¡Bienvenida!

P: ¿Qué te mueve a apoyar A Kiss for all the World?

R: Creo que cada uno de nosotros puede empujar para ayudar a que el mundo cambie. Con iniciativas como esta, el mundo es mejor, más rico y más solidario, aunque no alimenten el estómago, alimentan el corazón y alegran el espíritu. Yo quiero participar de un movimiento así.

¿Qué crees que hace a este proyecto diferente de otras iniciativas solidarias?

La música es el lenguaje verdaderamente universal. Es el único que entiende todo el mundo porque es el que puede sentir todo el mundo. Es un lenguaje que se siente. Es un lenguaje para comunicarse. Utilizar la música, en concreto la Novena de Beethoven, Patrimonio de la Humanidad, para hacer más rica y feliz a la humanidad es un lujo. A través de esta iniciativa solidaria pueden llegar otras que enriquezcan de otra manera. Es una nueva fórmula solidaria que trasciende el criterio meramente económico (siendo este aspecto prioritario para algunas de las personas a las que nos dirigimos.).

¿Crees que la música puede mejorar la vida de las personas?

La música enriquece espiritualmente y une a las personas. Antes de la palabra fue la música. Y el hombre lo reconoce.

¿Animarías a otras personas a participar en este proyecto?

De hecho es lo que estoy haciendo, porque creo en la iniciativa y estoy convencida de que quien se acerque a ella se sentirá enriquecido.  No solo por lo que pueda aportar humanamente, sino por la experiencia que ofrece a cambio este proyecto.

Nuestros embajadores: Jacob Bendahan

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En A Kiss for all the World nos enorgullece presentaros a la variopinta familia que componen nuestros embajadores. Reconocidas figuras de la cultura, la comunicación y la empresa que con sus diferentes destrezas y talentos constituyen un expresivo retrato de la riqueza inherente a la comunidad humana. Su diversidad no sólo contribuye a engrandecer este proyecto, también es un reflejo de la multiplicidad de sensibilidades que A Kiss for all the World aspira a conciliar a través de la música. En calidad de embajadores, nuestros compañeros de viaje son representantes de esa otra gran familia a la que todos pertenecemos, sin exclusiones. A ella, a la Humanidad, dirigimos el beso musical que da nombre este proyecto y que dedicamos, con redoblado afecto, a nuestros hermanos y hermanas olvidados. A ellos, con nuestros embajadores, con la imperecedera Novena de Beethoven, venimos a recordarles que no están solos.

 

Jacob Bendahan es el hombre detrás de algunas de las marcas más prestigiosas del mundo de la moda y la belleza en nuestro país. Como director de la agencia de comunicación y RRPP Comcepto-Comunicación, Bendahan es el responsable de idear la fórmula con la que empresas tan reconocidas como Elisabeth Arden, Audemars Piguet o John Varvatos se relacionan con su público. Quienes lo conocen saben que este creador de imagen es un melómano empedernido. Sus años de formación musical al piano, no solo han afinado su oído. También su conciencia social. ¡Bienvenido!

P: ¿Qué te mueve a apoyar A Kiss for all the World?

R: Mi pasión por la música clásica vocal e instrumental, me lleva a sentirme inmediatamente unido a cualquier acción en favor de su difusión. Tengo el pleno convencimiento de que la música es el lenguaje más unificador que pueda existir.

¿Qué crees que hace a este proyecto diferente de otras iniciativas solidarias?

A Kiss for all the World es la iniciativa más novedosa que he visto desde hace mucho tiempo. La promoción de acciones en favor de aportaciones materiales son todas plausibles y encomiables; sin embargo, nunca había sabido de un proyecto que quisiera dar “alimento espiritual”. Esto, lejos de ser una frivolidad, es en mi opinión esencial para dignificar al ser humano. Cualquiera que sea su situación en la vida.

¿Crees que la música puede mejorar la vida de las personas?

La música es un idioma universal a través del cual pueden converger los espíritus más dispares. No tengo dudas de que una experiencia musical como la que ofrece la Novena Sinfonía de Beethoven ha de suponer, para quien nunca la haya escuchado, un antes y un después en su vida.

¿Animarías a otras personas a participar en A Kiss for all the World?

Sería maravilloso que mucha más gente, tanto de España como del resto del mundo, quisiera sumarse a esta iniciativa. De hecho, desde que he tenido conocimiento de la puesta en marcha del proyecto no he hecho más que tratar de involucrar al máximo número de personas. Unirse a una acción de este tipo puede ayudar a remover conciencias y hasta acercar posiciones encontradas. El poder emocional de la Música me parece infinito.

Un mensaje de alegría

En 1818, coincidiendo con la celebración en Aquisgrán de la segunda conferencia entre las potencias vencedoras de las guerras napoleónicas, Beethoven comienza a componer su novena y última sinfonía por encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres, una petición a cuya solicitud el genio alemán, debido a problemas tanto económicos como personales, venía demorándose desde hacía aproximadamente un año. El contexto histórico y personal en el que se enmarca su creación merece nuestra atención en tanto que puede contribuir a revelar con mayor claridad el mensaje luminoso e imperecedero de una de las obras musicales más célebres de todos los tiempos. Por ello, no deja de ser curioso que su composición coincida con una de las épocas más turbulentas de la historia de Europa moderna y la que fue, probablemente, la etapa más penosa de la vida del compositor renano.

Aquisgrán, donde se renueva el dominio de la Cuádruple Alianza sobre Francia surgido del Congreso de Viena (1815), supone la confirmación del fracaso de Napoleón en su intento de imponer a Europa el leitmotiv de la Revolución francesa, “libertad, igualdad, fraternidad”, a fuerza de las armas. La reacción de las potencias absolutistas (Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia), ha evitado que el modelo de Estado francés se universalice, sometiendo a las naciones europeas al hermanamiento forzoso surgido de la Convención y el Terror. Frente a la lógica sangrienta de la Revolución, que ha llevado los principios de la Ilustración hasta sus últimas y más funestas consecuencias, resurge, con especial fuerza en el país germano, un movimiento político, estético y cultural conocido como Romanticismo, una corriente de pensamiento y sentimiento que se opone al racionalismo imperante y que venía gestándose desde finales del siglo anterior.

Frente a los dictámenes de la Razón universal, idénticos y vinculantes para todos los hombres, el romántico resalta el valor de la emoción, a menudo irracional, y la eleva a las cotas más altas de la expresión artística. El individuo, a través de este movimiento, adquiere plena conciencia de su singularidad y se niega a ceder su autonomía, lo que lo lleva a rechazar los moldes del pensamiento dieciochesco, basados en los postulados de una razón única. En lo político, los movimientos nacionales de inspiración romántica resaltan el valor de la diferencia en oposición a la homogeneidad de valores y derechos que tanto la maquinaria bélica y burocrática de la nación gala como los despotismos ilustrados de la época habían tratado de imponer a Europa. El espíritu del pueblo (Volksgeist), no es resultado de la acción política tanto como de un carácter común a los hombres que, por habitar un mismo suelo, hablar la misma lengua y compartir la misma historia, han estrechado lazos de solidaridad indisolubles. El pueblo, para el pensador romántico, no cimienta su unión sobre las bases de una razón niveladora, sino de un sentimiento de comunidad que surge de la emoción de saberse parte de un pasado compartido y partícipe de un futuro en común.

Beethoven, que en sus cuadernos de conversaciones deja constancia de la influencia de pensadores románticos como Fichte o Schelling, así como de las vicisitudes históricas que atraviesa la Europa de su tiempo, está pasando un momento complejo en su carrera como compositor. A sus dificultades económicas y los constantes litigios con su cuñada por la custodia su sobrino Karl, a quien el artista, soltero sin remedio, acogió y tuteló como a un hijo, se suma el aislamiento al que lo condena su sordera que, durante los años en los que gestó sus últimas obras, era ya irrevocable y absoluta. Acosado por las circunstancias, Beethoven atraviesa una crisis creativa sin precedentes hasta que, espoleado por su audaz temperamento decide, una vez más y haciendo honor a su más célebre sentencia, “agarrar al destino por el cuello”. La composición de los cuatro movimientos que componen su sinfonía definitiva mantendría a Beethoven ocupado durante cinco años hasta su culminación, a comienzos de 1824.

Resulta sorprendente que el mensaje de optimismo y fraternidad con el que el compositor sella la coda de su obra magna surgiera en un periodo tan amargo de su vida y, paralelamente, de la vida común de una Europa en la que las aspiraciones liberales, en su intento de trasladar dicho mensaje a la práctica política, han sucumbido al rígido imperio de la Restauración. No obstante, el silencio que se ha instalado entre los hombres tras el fracaso del sueño revolucionario es precisamente el que, anquilosado en la sordera del artista, parece revelarle el poder transformador de la música impulsándolo a escribir los fortes corales que convierten su novena sinfonía en un himno a la alegría. Este último movimiento supone la consumación de un proceso creativo que Beethoven había iniciado tiempo atrás, cuando con tan sólo 23 años conoce la obra del poeta alemán Friedrich von Schiller. La lectura de su Oda a la Alegría provoca en el joven creador una honda impresión y enseguida siente el deseo de musicalizarla, aunque no lo conseguiría hasta el final de su vida.

La introducción del texto de Schiller en el último movimiento de la sinfonía, algo insólito para las formas orquestales de la época, causó más de un quebradero de cabeza a Beethoven, que se vio obligado a modificar el poema para acomodarlo a la arquitectura musical de la pieza. “No en esos tonos, oh amigos / entonemos otros más agradables y llenos de alegría”, irrumpe el barítono que introduce la parte vocal. Estas líneas, escritas por el propio compositor, no sólo resultan expresivas de su genio artístico que, en sintonía con el espíritu romántico de la época, rompe con los esquemas sinfónicos del Clasicismo. También esconden un significado más profundo; y es que Beethoven parece comprender que no son los tonos graves y estridentes de los cañones, ni los coros discordantes de la cámaras donde se decide el futuro político de Europa los que traerán a la humanidad el ansiado reino de la fraternidad universal, sino una emoción que sólo puede inspirarse a través del Arte con mayúsculas. Así, el cuarto movimiento de la novena es revelador del poder expresivo de la música, capaz de trasladar a todos los hombres en un lenguaje que traspasa las fronteras físicas, culturales e ideológicas el presentimiento jubiloso de una fuerza que vincula a todos los seres humanos en un abrazo poderoso e inquebrantable. Gracias a Beethoven, ese “beso al mundo entero” que imaginó Schiller nos alcanza de forma plena cuando, atravesados por su música, nosotros también intuimos que “sobre la bóveda celeste debe habitar un padre amoroso”.

Aunque ya han transcurrido casi dos siglos desde el estreno de la Novena Sinfonía, la relevancia y la magnitud de su mensaje permanecen intactos. A pesar del tiempo transcurrido, hoy más que nunca, la desigualdad, el fanatismo y el olvido del prójimo siguen ensombreciendo el mundo que Beethoven soñó con iluminar a través de su creación más sublime. Por ello, con más motivo, resulta necesario que resuene este abrazo entre millones. Su mensaje, que como bien comprendió Beethoven, no nos llega a través de la razón (que admite múltiples discursos), sino del corazón (que alberga las mismos sentimientos y esperanzas en todos los hombres y mujeres del mundo), es el que A Kiss for all the World pretende hacer llegar a los grandes olvidados de la Tierra.

“¡Abrazaos, multitudes!” Una reflexión sobre la Novena Sinfonía de Beethoven

La Novena Sinfonía de Beethoven no sólo constituye una de las obras cumbre de la literatura musical universal, sino que va mucho más allá. El propio Beethoven la plantea como un proceso de transformación interior. Por eso, para comprenderla en profundidad, es preciso captar la grandeza que se encierra en su factura dramatúrgica, musical y poética.

Mucha gente piensa —a mi modo de ver de manera errónea— que el pasaje más importante y emotivo de la sinfonía corresponde al último movimiento: la célebre “Oda a la Alegría”, compuesta sobre los magníficos versos de F. Schiller. Indudablemente, el clímax emocional de la obra se produce en el transcurso de esos célebres y maravillosos compases. Sin embargo, conviene no olvidar que el ser humano no puede abrirse generosamente a los demás y cantar con regocijo ese abrazo universal al que nos invita la sinfonía —“abrazaos, multitudes / este beso al mundo entero” dice el texto— si antes no ha sabido vaciarse de sí mismo..

En el primer movimiento —caracterizado musicalmente por unos “impersonales” intervalos de quinta—, Beethoven plantea un universo neutro. A lo largo de los compases que conforman este Allegro ma non troppo, la persona se encuentra al comienzo del camino. Por delante tiene toda una vida, ante la que ha de tomar partido a través de sus elecciones personales..

El “Scherzo” que aparece a continuación —segundo movimiento— describe las humanae variatates que se presentan en la propia trayectoria personal. Con su marcado carácter de danza, esta música dibuja magistralmente todo ese mundo de apariencias y distracciones que, con frecuencia, empujan al hombre a olvidarse de los demás hombres, y a encerrarse en sí mismo..

Es en el tercer movimiento —Adagio molto e cantabile— donde se produce la transformación interior. Esta música despojada e íntima plantea las grandes preguntas sobre el amor, la muerte y la trascendencia. El ser humano se sitúa por primera vez delante de sí, y se auto-interpela. Es el momento del auto-vaciamiento, de ese cambio de mente —los griegos lo llamaban metanoia— que le permitirá abrirse a los demás —en especial a los que más sufren—, y que le conducirá a la sobrecogedora explosión de júbilo con la que termina este monumento de la literatura sinfónica.

Así pues, la Novena Sinfonía de Beethoven propone un viaje al interior de uno mismo. El proyecto “A Kiss for all the World” viene a replantear ese mismo viaje, como una gran cruzada de sensibilización que sirva para transformar a los más necesitados del planeta, a la vez que los mismos actores que participan en ella resultan transformados.

“A Kiss for all the World” es una gran movilización a través de la música para recordar a los más desfavorecidos que no están solos. Los que hemos tenido la fortuna de embarcarnos en este sueño, no estamos pensando solamente en interpretar una música hermosísima ante los grandes olvidados de la tierra. Esto es mucho pero es poco; con este proyecto, pretendemos que el ser humano y la sociedad —enfermos, en muchos casos, de narcisismo— se abran con generosidad a los demás y recobren la confianza en sí mismos, con la seguridad de que cualquier esfuerzo por lograrlo habrá valido la pena.

 

Íñigo Pirfano

Director del Proyecto “A Kiss for all the World”

¡Feliz Navidad!

Aprovechando el espíritu de estas fechas y su sintonía con el alma de nuestro proyecto, que no es otra que darnos, a través de la música, ese inmenso abrazo que tanto se prodiga estos días en la gran familia humana, hoy estrenamos blog. Y lo hacemos justo un día después de habernos estrenado donde de verdad queremos estar, donde de verdad queremos que suene la música que tanto amamos, al aire libre, bajo ese cielo que todos compartimos y que, por desgracia, es el único techo que ofrece cobijo a muchos hombres, mujeres y niños del mundo. Por eso, ayer, A Kiss for all the World salió a la calle para compartir un poco de alegría festiva con las personas que pernoctan en las calles de Madrid. Y qué mejor manera de hacerlo que con la Oda a la Alegría de Beethoven.

Allí, el nuevo director del Coro de la Académica de Madrid, Juan Pablo de Juan, también se estrenó, con su jovencísima agrupación, ante esas personas que no esperaban la visita del Gordo y cuyas esperanzas flaquean a la intemperie de un cielo que, estos días de invierno, sólo regala un aire gélido. En un recorrido que comenzó en la Plaza Mayor de la capital, el Coro de la Académica fue repartiendo villancicos y café caliente a los más necesitados de calor navideño a medida que una tropa de curiosos se sumaba a su auditorio. Una vez en la Puerta del Sol, el coro entonó la Oda a la Alegría de la novena sinfonía de Beethoven; un cántico que nos recuerda que esa “chispa divina” aspira a derramarse “sobre todos los seres”, como los rayos del astro rey que presta su nombre a este céntrico foro de Madrid. El recorrido finalizó junto al teatro Real en medio de la ovación de los espectadores y las muestras de agradecimiento de aquellos a los que iba dirigida esta iniciativa.

Se trata de la primera vez que A Kiss for all the World sale a la calle desde que nuestro proyecto fuese presentado el pasado 10 de diciembre, con tanto éxito, ante quienes han tenido la generosidad de sumarse a esta aventura. Desde aquí queremos agradecer las muestras de apoyo recibidas hasta ahora y desearos unas felices fiestas. En estas fechas tan señaladas, en que distintas culturas y credos celebran el nacimiento de la Luz, confiamos en hacer, todos juntos, un pequeño esfuerzo para que brille la alegría entre nosotros y así acercar, un poco más, el día de ese gran abrazo musical con el que todos soñamos.